Café de domingo
Ayer estuve toda la tarde trabajando en la cafetería de un amigo. Me llamó por la mañana y me contó que su compañero andaba de viaje y que si a mi no me importaba, que me pagaría las horas. Así que después de comer nos fuímos. Hacía un día espléndido para estar al sol. Al llegar arreglamos la terraza y esperamos a que llegara alguien.
En un primer momento matrimonios mayores. Paseantes de un triste y aburrido domingo, deseosos de apurar la semana en un sorbo de café. Muchos se sentaban fuera, al refugio de una sombrilla. Otros preferían la intimidad del interior, al fondo o junto a la cristalera que da a la calle. Como música de fondo un grandes éxitos de Roxette.
Los hombres solían pedir café solo y las mujeres con leche, incluso con un poquito de baileys. Estaba todo muy tranquilo. Pero a eso de las 17:30 llegó un gran grupo para celebrar un cumpleaños. La mayoría eran adultos cuarentones acompañados de muchos niños. Llevaban una gran tarta y se sentaron en la terraza juntando cuatro mesas. La máquina del café se desesperó.
Yo los miraba desde el interior mientras hacía cosas como llenar el lavavajillas. Eran ese tipo de personas de clase mediaalta, banqueros y funcionarios públicos. Ellos fumando puros al sol, ellas bien vestidas y peinado de peluquería. Los niños, muy repeinados, vestían camisas y jerseys de pico. De pronto llegó un tipo en un coche grande. De él se bajó una mujer rubia de bote con una tarta enorme. Los niños empezaron a aplaudir y a gritar.
La misma mujer, después de los saludos, entró a la barra y me pidió no se cuantos platos pequeños y no se cuantas cucharillas. Se las di y les llevé algunos servilleteros. Sólo era cuestión de tiempo para que las pidieran ellos mismos. Entre los niños y las madres empezaron a cantar el cumpleaños feliz a un niño regordete que me recordó al Piraña de Verano Azul. Los padres no cantaban. Me pareció patético. Pero ahi estaban con sus gafas de sol y sus puros. Pasando de todo.
Cuando acabaron la tarta empezaron a pedir cubatas. Los niños andaban por allí jugando y comiendo chucherías. Cada dos por tres venían sedientos a pedir vasos de agua que yo les llenaba del grifo mugriento que había escondido bajo la barra. Como el sol empezó a esconderse, decidieron irse. Pagaron una cuenta descomunal mientras el interior se iba llenando de los que iban a ver el partido del Madrid. Hombres con la cabeza levantada para ver la pantalla. Algunos jubilados, otros jovenes, y algún paleto en chandal con calcetines blancos.
Salí a recoger las mesas de fuera. Y joder, ¿cómo se puede ser tan guarro?. Pedazos de tarta aplastados en los platos, dentro de los vasos, cafés mezclados con colillas de cigarros, papeles de regalo en el suelo,... Mientras tiraba mierda a la basura pensé en algo que ya también pensé otra vez que trabajaba de cara al público: que uno no se da cuenta de cómo somos hasta que no lo vive en su propio pellejo. Probablemente cuando yo voy a los bares también soy como aquella gente de ayer. Y cuando voy de compras, tambien tengo la misma mala educación que la que me demostró en su tiempo mucha gente.
Pero es lo que tiene y hay que aguantar cuando aceptas un trabajo de ese tipo. Hace tiempo me propuse ser más educado y cordial con los que me atendiesen allá a donde fuera. Me temo que con el tiempo se me olvidó, pero hoy lo vuelvo a retomar.
¿Un cafelito?






catartica . dijo
Joeee que dura debe ser la vida de los camareros. Y si eso es verdada ante todo y aunque los demás no lo sean, hay que ser educados, eso al menos es lo que a mi me han enseñado.
Un beso
19 Marzo 2007 | 07:36 PM