Día a día
Camino una tarde de sol, de esta primavera que nos ha salido un poco rebelde. La gente aprovecha la tregua que da la lluvia y abarrota las terrazas de los bares. Cafes, refrescos, helados,...
Hay niños pequeños que aprenden a andar detrás de las palomas a las que persiguen. Otros más pequeños miran apacibles desde sus carritos. Paso junto a la puerta de unos grandes almacenes y tengo que desviar mis pasos para no ser arrollado por la marea de gente que sale o que entra. Estoy apunto de chocar con un hombre trajeado que discute solo, con un auricular en su oído derecho. Avances de la tecnología, pienso. Pone cara de interesante ante la atenta mirada de un vagabundo sin piernas postrado en el suelo y al que está a punto de pisar. En un cartón amarillento, con manchas de humedad y escrito a bolígrafo dice que está enfermo y tiene a una mujer y cinco hijos a los que mantener. Vaya putada, me digo, que en una familia de siete miembros sea él precisamente el que tiene que llevar el sustento a casa.
Me cruzo de acera, esquivando a alguna pequeña patinadora suicida. Al menos lleva casco. Hay un grupo de chavales jugando al balón ataviados con camisetas de Raul o Ronaldo. Una chica de mi edad, con carpetas en la mano y una mochila al hombro, devuelve torpemente el balón que hasta ella ha llegado desviado. Rebota en una farola y sale despedida hasta un banco en el que conversan algunos hombres mayores. Alguno levanta el bastón prostentante. Son jubilados y abuelos de una vida a la que ahora ven muy desmejorada con el paso de los años y el recuerdo de sus días. Intento llegar a mi destino sin ver la envidia por ningún lado, lo que me llega a sorprender.
Al llegar al portal me encuentro con María que abriga a su hijo Adrián de 2 años para salir afuera. El pequeño me sonríe mientras le revuelvo el pelo. Cuando está listo me levanta la mano y me dice adiós. Se va ilusionado y sonriente, dispuesto a descubrir un día a día parecido al de ayer pero que siempre será distinto al de mañana. Lo miro alejarse desde detrás del cristal a la vez que entro en el ascensor y busco desesperado un botón que me lleve al filo de otra edad. Creo que ahora si que me acompaña la envidia.








srta desconocida dijo
Lo que debería acompañar al resto de gente si que es envidia, envidia por no tener esa mirada que tú posees que hace que disfrutes cada pequeño detalle, que lo vivas y retengas. Cuando para la mayoría la vuelta a casa no pasa de ser un sinfín de imágenes borrosas y deslucidas para tí es algo que atrapar, que estudiar atentamente. Eso no es tan común, conservar esos ojos de niño curioso...
bicos
26 Abril 2007 | 06:54 PM