Avenida Buenosaires
Hay días que decido salir a correr antes de que acabe la tarde. Me calzo mis zapatillas -no muy adecuadas para tal menester- me cuelgo el mp3 y salgo a la calle. Nunca me ha gustado correr en pista, dando vueltas como un carrusel, como esos perros que persiguen liebres mecánicas,... Siempre me ha gustado más correr en la calle o en algún parque o jardín. Sin embargo, cada vez es más peligroso por el tráfico de los que conducen de forma temeraria, por la plaga de canis en los parques y de los que arañan los bancos de madera a punta de navaja.
La sociedad en la que vivimos nos clasifica de tal manera que hoy día es difícil poder leer tranquilamente en un café tras una cristalera. Algo tan simple como eso. Por eso los deportistas al polideportivo y los "animales" al parque.
Para llegar a la pista polideportiva tengo que callejear unos minutos. Casco urbano para mis piernas de hojalata, para mis pulmones de golosina. Casi al final del recorrido tengo que pasar por la Avenida Buenosaires. En realidad no se llama así. Ni siquiera tiene un rótulo que la identifique. De eso ya se encargaron las malas lenguas.
Tiene el acerado en obras. Sus casas están en bruto. Mucha piel de ladrillo u hormigón. Balcones sin baranda y ventanas sin persianas por las que no entra el sol. Las puertas de chapa están encajadas, dejando salir el olor a cocido y la voz de Camarón. Hay un aire acondicionado colgado de una cuerda y una veleta que dejó parada el primer sol de mayo. Dos gatos me miran mientras asaltan un contenedor y una niña de pelo negro salta sobre un colchón del mismo color que su piel. Se escuchan palmas en una esquina. Un gitano viejo me mira sentado desde su silla de playa. Camisa abierta, cordón de oro. La vida que pasa.
Hay ropa tendida en un alambre grueso que cuelga débil de dos cañas de río. Siempre me he preguntado por qué las gitanas adultas tienen las tetas tan grandes. No faltan bemeuves ni audisacuatro junto a coches abandonados y burros hambrientos que nunca sabrán que es la tracción animal.
Al final de la avenida, de aproximadamente un kilómetro, un pequeño descampado separa Buenosaires de una urbanización de chalets y casitas adosadas. Aquí las puertas están cerradas y las fachadas pintadas de colores. No hay ropa tendida. Los coches detrás de las rejas forman parte del paisaje. Entonces paro y me siento. No hay palmas. Miro los tejados llenos de parabólicas y entre ellas, una veleta gira débil al paso lento de un viento triste.




alejandrita dijo
Me he ido de ruta contigo... ¡¡Qué bien se visualiza con tus palabras!!
En la Avenida Buenosaires, como siempre en la vida, los contrastes, la cara y la cruz.
Un besito.
2 Mayo 2008 | 09:01 PM