Amigos de lo ajeno
El pasado fin de semana tocaba visita al hospital. Pero esta vez el motivo era bueno: ver a una parturienta y a su recien nacido. Por desgracia, o circunstancias de la vida, casi siempre he ido al hospital por motivos nada agradables. Ya tocaba una alegría.
De un tiempo a esta parte, ir a un hospital se ha convertido en algo para lo que tengo que concienciarme al menos un día antes. Tengo que subir siempre por las escaleras y nunca en el ascensor, y tomar algo en la cafetería ya lo he dejado por algo imposible. El olor y los recuerdos me trasladan a ciertos días que fueron bastante duros para mi.
Otra de mis manías o costumbres es no permanecer más tiempo del necesario dentro de la habitación del ingresado-a al que visitó. Si yo fuera el enfermo me agobiaría demasiado ver la habitación repleta de gente con olor a calle y vida normal. Porque a veces, lo que más jode de estar en el hospital es pensar en lo que hay fuera, en el día a día, en ese disfrute cotidiano del que sólo nos acordamos cuando alguien nos da un toque y nos avisa de que hoy estás aquí y mañana allí. Es como aquello de que uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde.
Por eso, como decía, después de unos minutos de hacer compaña, salgo de la habitación y paseo por los pasillos del edificio. Normalmente siempre hay gente que hace lo mismo, que conversa y camina cabizbaja como si aquello fuera una calle que no llevase a nada.
Pero en la planta cuarta todo era distinto. Al ser fin de semana las visitas y los ramos de flores se acumulaban fuera de las habitaciones. Los abrazos, las felicitaciones y las risas se mezclaban con los pequeños llantos que se escuchaban de fondo. Todo esto mucho mejor cuando el médico de turno empezó a dar altas a diestro y siniestro a casi todas las ocupantes de las habitaciones ( y a sus bebés).
Entonces ocurrió algo que no me gustó nada. En el pasillo había una habitación pequeña que hacía la función de pequeño almacén en el que las enfermeras tenían pañales, toallas, sábanas, pijamas,... a disposición de todos aquellos que lo solicitasen para el cuidado de los recien nacidos en el hospital. Un hombre, ni corto ni perezoso, entró en ella y cogió todos los pañales que pudo amontonar entre sus dos manos. Cruzó corriendo y los metió rápido en un macuto. El muy gilipollas lo hizo hasta con la puerta abierta. El ejemplo pronto cundió entre los ocupantes de otras habitaciones que en un minuto saquearon el almacén entero entre risas complices y supongo que algo de excitación.
Me pareció algo lamentable. Estás en un hospital público donde el trato del personal es exquisito (lo digo con toda mi sinceridad); donde te proporcionan todo para que el enfermo (en esta caso mamá y bebé) estén cómodos y se sientan asistidos; donde mañana llegaran otros que necesitarán lo mismo porque todo esto funciona bajo la Seguridad Social y a ti "no te cuesta nada" sino que lo pagamos todos para el bienestar de todos; donde dejan las puertas abiertas para que tu te hagas con lo que necesites sin la necesidad de tener que llamar a la enfermera... y tú, estrenando partenidad, te dedicas a robar a última hora como una forma de agradecimiento, de coger el brazo a quien te dio la mano.
Suerte que los recién nacidos no puedan seguir esas primeras huellas. A pesar de todo, al final nos convertimos en lo que desgraciadamente somos.




supernova dijo
Es curioso.......este finde pasado tb estuve en el hospi.., fue el domingo....no fue una nacimiento pero tampoco algo desagradable (este año ya se ha cubrido el cupo, eso espero, deseo)Los hospitales no me gustan a nadie creo le gustan.....a veces huele demasiado a dolor...aunque otras huele a vida.....enhorabuena para la mamá.....;-)
un besazo.....
no sé cuando, peor estoy segura de q serás un buen padre :-) y no robarás pañales, eso seguro tb ;-)
12 Noviembre 2008 | 03:28 PM