Privilegiado
Hace unos días estuve en Madrid, en un viaje relámpago para hacer una entrevista de trabajo. En realidad era un puesto de becario, pero las condiciones y el prestigio de la empresa me animaron a asistir para, al menos, intentarlo. Salí de casa a las 7 de la mañana y después de dos horas de viaje en tren, llegué a la capital justo cuando la ola de frío se marchaba por uno de los otros andenes de Atocha.
Un taxista amable me llevó hasta el mismo portal de la empresa. La entrevista fue bastante cordial. Al menos me ha servido para saber que hay gente que se toma las cosas en serio y te tratan como lo que realmente eres: una persona. También tengo que decir que di la talla y salí airoso de todas las preguntas y situaciones que me plantearon. Una hora después había terminado.
Como mi tren de vuelta no salía hasta las 17 horas, me decidí a dar una vuelta por el centro de Madrid: Gran Vía, Sol, Calle Mayor, Pza. Oriente... Madrid siempre me huele a historia y libro viejo. La nieve del temporal aún permanecía en el sombrío de los jardines y la sal de las aceras hacía rechinar de vez en cuando mis zapatos. Pero si algo no me gusta del centro de la capital es la presencia de prostitutas (putas) en el rebate de los portales, intercambiando miradas o escondiendo vergüenzas bajo las gafas de sol. ¿Esa es la imagen de una de las principales ciudades de Europa?
A la hora de comer decidí acercarme hasta Atocha. Como tampoco tenía mucho apetito, elegí un restaurante de comida rápida con grandes cristaleras a la calle Alcalá. Mientras me sentaba, una de las chicas empleadas en el local ayudaba a un chico joven a sentarse en una mesa próxima a la mía. Era ciego y le preguntaba a la chica dónde quedaba la puerta para, una vez comido, poder salir. La joven le dijo que en un rato pasaría para acompañarlo hasta la puerta. El gesto la honra.
Lo estuve mirando comer con la confianza que te da el saber que no te va ver, que no te va a recriminar nada. Sabía donde tenía su hamburguesa, sus patatas, su refresco... Yo miraba por la ventana.
Mientras veía a los coches parar en el semáforo, personas pasar, colegialas de faldas de cuadros desvirgadas, algunos hijos de puta con destino sospechoso,... apenas tuve tiempo de pensar en mi entrevista de trabajo. Tampoco me importaba. En esos momentos tenía una sensación rara, entre sentirme privilegiado y desgraciado, por no saber apreciar lo que realmente es importante y por poder ver con mis dos ojos más allá de lo que alcanzan mis propios sueños.


Crispina dijo
Y te honra que hayas sido capaz de darte cuenta del privilegio que tienes y que tenemos todos.
Me ha gustado mucho ;)
Buena Caza!
20 Enero 2009 | 08:28 PM